De la toma de Granada a la fundación de la Florida: Juan Ponce de León

Tras la rendición de Granada en 1492, Juan Ponce de León buscó acrecentar su fama en el Nuevo Mundo. Allí forjó su fortuna y su prestigio llegando a fundar la Florida, pero fue allí también donde encontró la muerte en 1521

Ponce de León y Figueroa destaca entre la multitud: es un hombretón pelirrojo de treinta años, apuesto y de aire marcial. Su mirada, pétrea, escruta a los caballeros granadinos que acompañan a Boabdil. Cabizbajos y derrotados, flanquean al sultán, que avanza a lomos de su impresionante corcel árabe, tan azabache como las noches sin luna de Granada. Juan apenas presta atención al último rey andalusí. Le respeta. No así a sus soldados, que no han sabido defenderle. Altanero, casi arrogante, les provoca con esa mirada tan ambiciosa y segura de sí misma que caracteriza a todos los Ponce de León.

De la toma de Granada a la fundación de la Florida: Juan Ponce de León

Granada, 2 de enero de 1492

Su estirpe desciende del caballero leonés Fernán Pérez Ponce, que casó en la primera mitad del siglo XIII con Aldonza Alfonso de León, hija ilegítima del rey Alfonso IX. Desde entonces, la familia se había convertido en una de las estirpes más activas en la reconquista de Andalucía, y han ganado, por méritos militares, el condado de Arcos de la Frontera en 1440 y, más tarde, el ducado de Cádiz. Solo otra familia podía comparárseles, en relevancia política y ascendencia: los Guzmán, señores de Sanlúcar de Barrameda desde el siglo XIII y duques de Medina-Sidonia a partir de 1445.

Juan está orgulloso de su rey. No dudaría en morir por él. Lo conoce a la perfección. Ha sido paje durante años en la corte del rey Juan II de Aragón, han crecido juntos, ha dedicado sus últimos diez años a luchar por él en la Guerra de Granada. Juan cierra los ojos momentáneamente y recuerda los inicios de la guerra, junto a su tío Rodrigo, el duque de Cádiz: la toma de la Alhama en aquel gélido 28 de febrero de 1482 y, en los cinco años siguientes, la toma de todo el occidente del reino andalusí. Las espadas de los Ponce de León han entregado al rey Fernando las plazas de Ronda, Marbella, Loja, Vélez-Málaga, la propia Málaga… ¡Tanto ha aprendido del arte de las armas en esos diez años de guerra!

El joven ladea la cabeza hacia su tío Rodrigo, que permanece junto a los Reyes Católicos, y canturrea para sí la letra de un nuevo romance: Paseábase el rey moro / por la ciudad de Granada / desde la puerta de Elvira / hasta la de Vivarambla / ¡Ay de mi Alhama! / Cartas le fueron venidas / que Alhama era ganada. / Las cartas echó en el fuego / y al mensajero matara / ¡Ay de mi Alhama! «Si el poema se populariza entre las siguientes generaciones, de buen seguro que también permanecerá el recuerdo de quienes protagonizamos la conquista de Alhama », piensa.

Granada

La rendición de Granada (1882), por Francisco Pradilla y Ortiz. Foto: ASC.

Boabdil y sus capitanes están ya ante los Reyes Católicos, a apenas unos pasos de él y de su tío Rodrigo, que forman parte de la comitiva más cercana del rey aragonés. Boabdil, cortés y de modales elegantes, ofrece al rey Fernando las llaves de Granada, el último pedazo de su reino, con las siguientes palabras: «Toma, Señor, las llaves de la ciudad, que yo y los que estamos dentro somos tuyos». El noble Fernando no le alarga la mano para evitar al desdichado de Boabdil la humillación de verse obligado a besarla en señal de sumisión. No es de nobleza obligar a un rey —ni siquiera a un rey destronado— a besar las manos de otro monarca.

Fernando le entrega las llaves a la reina de Castilla, y esta las entrega a su vez al hijo de ambos, el príncipe Juan, heredero tanto de Castilla como de Aragón y ahora, también, del reino de Granada. Finalmente, las llaves de la ciudad pasan a don Íñigo López de Mendoza, flamante gobernador de Granada.

Tras la entrega del símbolo de su antiguo poder, Boabdil agarra las riendas de su corcel y se dirige al trote a las Alpujarras, hacia el pequeño palacete en el que los Reyes Católicos le permiten residir, exiliado de Granada y de los suyos. Muchos cristianos afirmaron más tarde que lo vieron llorar, mas Juan no percibió ni una sola lágrima —solo serenidad y nobleza— en el rostro del joven Boabdil, y así lo explicó a todos aquellos a quienes, a lo largo de toda su vida, narró la rendición de Granada.

Despedida Boabdil

En la imagen, despedida de Boabdil el Chico de la ciudad de Granada, en un grabado de 1892. Foto: iStock.

Con las llaves de Granada en una mano y la espada en la otra, el nuevo gobernador de la ciudad, acompañado de los Reyes Católicos y de buena parte de sus capitanes, entra triunfalmente a la melancólica capital andalusí.

Juan Ponce de León es testigo de primera mano de cómo los soldados de Castilla alzan sobre la torre más alta de la Alhambra la cruz de plata que siempre los acompaña desde que la hiciera llegar desde Roma el papa Sixto IV. Es la cruz que ha precedido a los soldados cristianos antes de toda batalla, antes de todo asedio, a lo largo de los diez últimos años de guerra en Granada. Tras ello, los soldados ondean la enseña de Santiago, patrón de España, el estandarte de san Isidoro y el pendón real por toda la ciudad de Granada, mientras los sacerdotes entonan un Te Deum a las puertas.

Ponce de León

Juan Ponce de León quiso llegar más allá, incluso, de donde lo había hecho Cristóbal Colón. Fue el descubridor de la tierra firme del continente norteamericano. En esa tierra encontró su fortuna, su gloria y su muerte. Foto: Album.

Juan Ponce de León vuelve a montar en su caballo, justo cuando los muchos sacerdotes que acompañan la comitiva empiezan a distribuirse, por toda la ciudad, dispuestos a colocar cruces cristianas en las principales mezquitas. Quiere felicitar personalmente a algunos de sus compañeros de armas que aún permanecen tras los muros de Granada, y celebrar la victoria con ellos. La mayoría son soldados sin mando, aunque de familias hidalgas, cristianos viejos.

Juan Ponce de León identifica entre la multitud a Alfonso, un soldado de ascendencia musulmana, de la importante estirpe de los Banu Sarray. Su familia, la de los «Abencerrajes» —así la llaman los cristianos—, está bajo la protección del duque de Medina-Sidonia desde hace casi veinte años. Todos ellos han combatido con honor, nadie duda de su lealtad. Él mismo ha luchado codo con codo junto a Alfonso. Desmonta del caballo y le abraza.

Medina Sidonia

Restos arqueológicos de la ciudad de Medina Sidonia en Cádiz. Foto: Shutterstock.

En ese instante se empieza a escuchar un eco, una letanía cada vez más fuerte que se extiende entre la tropa. «¿Qué ocurre, Alfonso?», pregunta Ponce de León. El joven abencerraje señala hacia las puertas de la ciudad. Los sacerdotes avanzan hacia ellos entonando un Te Deum. Los miles de soldados cristianos que rodean Granada hincan las rodillas en el suelo como si de uno solo se tratara, y rezan junto a los sacerdotes. Juan Ponce de León, entre oración y oración, orgulloso, bisbisea con camaradería a Alfonso: «Granada por fin ha caído, amigo».

Puerto Rico, 1508

Hagamos ahora un salto cronológico y situémonos dieciséis años más tarde. Meses después de la épica reconquista del reino de Granada, Cristóbal Colón descubre un nuevo continente, aunque durante años se creerá que las tierras al oeste de Finisterre son, en realidad, las Indias.

Juan Ponce de León, deslumbrado por la gesta de Colóndecide marchar a las nuevas tierras. Qué importa si son las Indias o si es un nuevo continente inexplorado; sin duda es el lugar en el que hacer medrar su honor e inmortalizar aún más, si cabe, su apellido. Los campos de batalla de Europa crean grandes capitanes, pero lo que realmente despierta la imaginación de los europeos del siglo XVI son las historias que se cuentan sobre las Indias. Es en las nuevas tierras allende los mares donde nacen los mitos, donde cualquier hombre, por más humilde que sea su origen, puede convertirse en héroe si es un buen soldado y le seduce el peligro, la aventura de lo desconocido. Es allí donde se escriben las epopeyas del mundo moderno.

Primer desembarco

Primer desembarco de Cristobal Colón en América, de Dióscoro Teófilo Puebla y Tolín, del Museo del Prado, de 1862, escena de la primera expedición a las Indias en 1492. Foto: Prisma.

Juan Ponce de León lo sabe y por eso no duda en abandonarlo todo con la esperanza de alcanzar la gloria imperecedera. La fama está reservada a los que, tras arriesgarlo todo, hasta sus vidas y haciendas, triunfan en las nuevas tierras. Y Ponce de León asume el reto: renuncia a la vida cómoda que seguro le espera en España y se aventura a cruzar el océano. Es así como se embarca en la segunda expedición de Cristóbal Colón a América, en 1493. Poco se sabe de sus primeros años en América, al menos hasta que en 1504 se desata una violenta revuelta de los indios taínos de La Española.

Nadie esperaba la rebelión, y menos aún que fuera liderada por el carismático cacique Cotubanamá, hasta entonces un jefe indígena leal. Alto, fuerte, el más corpulento de entre los suyos y excelente flechero, se había ganado el respeto no solo de su pueblo, sino también de los colonos españoles.

El gobernador, Nicolás de Ovando, jura vengar a los soldados asesinados a traición por los taínos, y manda a Juan de Esquivel con una fuerza de unos cuatrocientos hombres. Ponce de León demuestra entonces toda su valía militar, luchando codo con codo con Esquivel. Pronto se gana la admiración del mismísimo gobernador, que no duda en recompensarlo con una enorme extensión de terreno junto al río Yuma, en la provincia de Higüey, y con decenas de esclavos indios.

Para 1504, Ponce de León ya amasa una importante fortuna en tierras y esclavos, y además ejerce como representante del gobernador en Higüey, donde nadie le discute su autoridad. Durante los siguientes tres años aparca las armas y se dedica por entero a los negocios: su latifundio suministra provisiones a las naves que se dirigen hacia la península, por lo que Ponce de León hace pingües beneficios suministrando todo tipo de alimentos a la flota española. Así, se aplica con éxito a explotar las tierras cultivables de su hacienda y a consolidar y aumentar sus reses de ganado.

Además, establece en ella a su mujer e hijos. Crea, en definitiva, un nuevo hogar para los Ponce de León, lejos de su Castilla natal. Tanta es su fortuna que al poco tiempo adquiere una nave, la Santa María de Regla. Juan no tiene intención de hacerse navegante, ni siquiera quiere introducirse en el comercio marítimo. Al fin y al cabo, él es de tierra adentro, natural de Santiervás de Campos; poco sabe de corrientes, vientos y demoras. ¿Por qué, entonces, se hace con un barco? Porque en La Española ya no hay nuevas tierras que explorar ni nuevos reinos y provincias que ganar para la corona española, así que si quiere ampliar horizontes necesita, al menos, un barco. Y si es suyo, mejor que mejor, menos prestamistas a los que satisfacer y con los que rendir cuentas.

El momento que tanto ha esperado se le presenta en 1508, cuando Nicolás de Ovando le nombra gobernador de la isla de Boriquén, actual Puerto Rico. En unas pocas semanas monta una pequeña hueste de soldados, entre los que se encuentran su hijo, Juan González Ponce de León, y Juan Garrido, negro libre de origen portugués, uno de sus más fieles compañeros de armas, y marcha hacia la isla.

Juan Garrido

Juan Garrido, negro libre de origen portugués, compañero de armas de Ponce de León, que le acompañó en la conquista de Boriquén. Foto: ASC.

En la cubierta de la Santa María de Regla, Ponce de León, su hijo y Juan Garrido conjeturan sobre lo que les depara el destino en el Boriquén.

—Es ahora, hijo, el momento que tanto he estado esperando. Granada y La Española no han sido más que el paso previo al destino que nos aguarda en Boriquén.

—Somos únicamente cuarenta y dos soldados y ocho marineros, padre. Y la isla es grande. No será fácil tomarla —arguye González Ponce de León.

—Los nativos no son enemigos fáciles. Tendremos que sudar sangre por su gobernación —continúa Garrido.

—Por mi gobernación… y por su oro, Juan —suelta Ponce de León, tras echarse a reír.

—Eso mismo quise decir —responde Garrido, con sorna—. Eso sí, agradezco a Dios que su hijo nos acompañe en la conquista. Su dominio de la lengua taína vale un reino.

El 12 de agosto desembarcan en Guánica, al sudoeste de Puerto Rico, donde toman posesión formal de la isla en nombre de la corona. Tras esa primera toma de contacto, siguen costeando la isla y de nuevo fondean en su extremo más occidental, cerca de Aguadilla. La situación ha cambiado para entonces, ya que en ese punto sí que observan numerosos indios con arcos y flechas que les vigilan desde la linde de la selva, amenazantes.

Ponce de León es un conquistador decidido, pero poco dado a arriesgar a sus hombres. La precaución es la mejor de las virtudes, sostiene ante sus más cercanos. No así su hijo que, además de buen soldado, es un hombre inteligente aunque temerario.

—Permítame desembarcar y hablar con ellos. Querrán saber quiénes somos y por qué hablamos su lengua. Soy buen negociador —expone González Ponce de León a su padre.

—Su hijo tiene razón, gobernador. Haría usted bien en escucharlo. Yo mismo puedo acompañarlo —se ofrece Garrido.

Ponce de León accede y su hijo desembarca y se acerca con decisión a un grupo de indios que, al escucharle hablar su lengua, destensan rápidamente la cuerda de sus arcos. Los soldados y marineros españoles, que observan la situación desde la seguridad de quien se sabe lejos del alcance de las flechas taínas, no dudan en alabar el arrojo del joven Ponce de León. «Valor y valía la de su hijo, don Ponce de León», le dice con admiración Alonso López, un sirviente de la familia, a Juan.

A los pocos minutos, su hijo se dirige a la playa junto a dos indios, a los que invita a subir a la barca. Junto a ellos, suben a cubierta, ante la incredulidad de todos los presentes.

—Padre, mañana visitaré a su cacique, así que haríamos bien en agasajarles —propone González Ponce de León.

—Pedro, traiga peines, camisas, cuentas de vidrio y espejos — ordena el gobernador a uno de sus hombres.

Al día siguiente, González Ponce de León, acompañado de algunos marineros y soldados, desembarca de nuevo en la playa, donde les aguarda un grupo de taínos. Con ellos se dirigen al poblado del cacique Agueybana. Son espléndidamente recibidos y no tardan en apalabrar una alianza mutua. El jefe indio, incluso, les da información extensa sobre los demás pueblos de la isla y sobre dónde pueden encontrar oro.

A los pocos días, Ponce de León decide buscar un puerto natural más seguro cerca del lugar en que Agueybana les ha indicado que pueden hallar oro en abundancia, así que unos pocos indios taínos embarcan con ellos y les sirven de guías. La primera noche, muchos de los marineros y soldados no consiguen conciliar el sueño, a pesar de las risas y alegría desbordante de los taínos. Aunque González Ponce de León se muestra seguro y confiado junto a ellos, las pinturas de guerra que les adornan el cuerpo y los aros y pendientes que cuelgan de su nariz y orejas les confieren tal semblante salvaje que pocos se fían de las intenciones de los indios.

Tras navegar unas cien millas al este de la isla, arriban a la actual bahía de San Juan. Todos, españoles e indios, se afanan en descargar armas y pertrechos, y rápidamente Ponce de León organiza batidas de exploración. Pocos días más tarde la calma del campamento español se quiebra de inmediato.

—¡Oro, oro, hay oro en el arroyo que fluye a dos leguas de aquí! —grita uno de los hombres de la expedición, mientras corre hacia Ponce de León.

—El cacique tenía razón, gobernador. ¡Encontramos oro! —balbucea, mientras las palabras se le agolpan en la garganta.

—¡Ya tiene usted su oro, Garrido! —le lanza, voz en alto, Ponce de León a Juan Garrido, que está unos metros más atrás, con una enorme sonrisa de satisfacción.

—¡Y usted el suyo, gobernador! —le responde Garrido con retranca.

Indios buscando oro

En la ilustración los indios buscan oro en un río de Florida en el siglo xvi. Los españoles perseguían las leyendas sobre las riquezas de los territorios que estaban por descubrir. Foto: Prisma.

Las siguientes semanas y meses, los españoles sufren emboscadas y ataques casi continuos de los taínos de la zona, a lo que Ponce de León responderá siempre con expediciones de castigo. Tal es la inestabilidad en la zona que Ponce de León establecerá también un campamento español en Aguadilla, junto a los aliados del cacique Agueybana.

En su afán por conquistar y colonizar la isla, el que ya es el primer gobernador de Puerto Rico funda la ciudad de San Juan. Su hijo, González Ponce de León, destaca entre los conquistadores por su osadía sin igual. No duda, en innumerables ocasiones, en disfrazarse de taíno para acercarse sin ser visto a los campamentos enemigos, espiando una y otra vez a las tribus hostiles. Lo que ninguno de ellos se imagina aún es que, en 1509, Diego Colón le revocaría el título de gobernador a Ponce de León. Tampoco se imaginan que en 1511 el cacique Agueybana lideraría una revuelta de unos tres mil soldados taínos que arrasaría con el campamento español de Aguadilla y que haría huir a su hijo, González Ponce de León con innumerables heridas de flecha.

A pesar de las dificultades, la presencia española en Puerto Rico ha llegado para quedarse. Los Ponce de León forman ya parte de la historia de la isla. Por lo que respecta a Juan, desposeído de su título de gobernador, aunque rico y henchido de gloria, quiere más. Mucho más. No renuncia a la gobernación de Puerto Rico, y de hecho pleiteará administrativamente hasta conseguir que le sea de nuevo concedida, en 1514, pero no liga su destino a los tejemanejes de la política. Se ha hecho con una enorme fortuna, sí, y ha ejercido como gobernador, es cierto. Pero es, ante todo, un explorador, un conquistador, un hombre de honor. Y aspira a más.

Antes de desembarcar de nuevo en La Española, antes de pisar su hacienda en Higüey, antes siquiera de volver a sentir el calor de su familia, Ponce de León ya había escrito una carta al rey Fernando el Católico.

—¿Qué harás ahora, si puede saberse? —le pregunta Garrido, ya ante la costa de La Española.

—Volver a ver a mi familia, luchar por mis derechos y…

—¿Y? —sondea Garrido.

—Y llegar a donde jamás haya llegado nadie antes.

Florida, 1513

El 23 de febrero de 1512, el rey Fernando el Católico rubrica en Burgos una capitulación a favor de Juan Ponce de León. Cuando meses después la capitulación le es entregada en La Española, el conquistador no da crédito a lo que tiene entre sus manos. Es una carta lacrada con el sello real, por lo que sin duda ha sido enviada por su majestad Fernando el Católico, piensa. La abre con templanza, aunque tras leerla detenidamente, no puede contener su alegría y lanza un grito de júbilo.

Un año antes había solicitado un permiso real al emperador rogándole le concediera autorización para explorar los territorios del noroeste. Había llovido mucho desde aquel 30 de junio de 1511, sin duda. Recuerda perfectamente los términos en los que la había redactado. Es su única esperanza de escapar de la vida pausada y tranquila que lleva desde que Diego Colón le arrebatara la gobernación de Puerto Rico. En las Indias ha hecho fortuna y ha acrecentado aún más el honor de su apellido, pero él, un Ponce de León, no está hecho para envejecer en una hacienda agrícola. Es más, si los indios arahuacos con los que había hablado tenían razón, es posible que incluso venza a la vejez. Según ellos, allá al noroeste, en el país de Bímini, existe una fuente con extraordinarios poderes curativos. «Antes de la llegada de los primeros barcos castellanos, un antiguo jefe arahuaco emprendió una expedición hacia Bímini en busca de la fuente pero nunca más volvió», le aseguraron en más de una ocasión. La mítica fuente de la eterna juventud de la que se habla desde hace siglos en Europa. No puede ser otra, pensó Ponce de León.

Así que por fin, tal y como ha soñado tantas y tantas noches desde que los indios arahuacos le hablaran de Bímini, de nuevo puede lanzarse a la aventura. «Navegando hacia el noroeste llegaré hasta donde ningún europeo haya estado jamás, ni siquiera Cristóbal Colón», fantasea.

A finales de enero de 1513, Ponce de León ya tiene dos carabelas y un bergantín perfectamente pertrechados y preparados a son de mar. Antón de Alaminos como piloto y Diego de Bermúdez se harán cargo de la Santiago, mientras que, para capitanear la Santa María de la Consolación, pone al mando a Juan Bono de QuejoDel bergantín San Cristóbal, embarcación perfecta para hacer cabotaje en aguas poco profundas y cartografiar con mayor exactitud las nuevas tierras, sitúa al frente a Juan Pérez de Ortubia. En la expedición le acompañarán de nuevo Juan Garrido y su hijo, que además de valiente y aguerrido, como ya ha demostrado en innumerables ocasiones, tiene una enorme facilidad para aprender lenguas nativas y les puede ser de enorme utilidad, aunque nadie hable taíno por esas latitudes.

Antón de Alaminos

Antón de Alaminos fue piloto de la carabela Santiago y fue el primer navegante en descubrir y aprovechar las corrientes del Golfo. Foto: ASC.

Desde La Española, la expedición de Ponce de León se dirige al puerto de San Germán, en Puerto Rico, último fondeadero seguro antes de adentrarse en Terra Ignota. El 3 de marzo, tras cerciorarse de que las condiciones para la navegación son inmejorables, ponen proa hacia el noroeste. Once días más tarde, el 14 de marzo, fondean ante la isla de Guanahani, actual San Salvador, en las Bahamas.

—Hijo, fue esta isla, un 12 de octubre de hace veintiún años, la que vio Rodrigo de Triana desde la cofa de la Pinta, antes de gritar «¡Tierra a la vista!».

—Usted, padre, viajó con él en su segundo viaje, ¿no es cierto? —pregunta Juan González Ponce de León.

—Así es, hijo. Más al norte deberíamos encontrar Bímini. Ningún europeo ha pisado jamás esas tierras y en ellas deberíamos hallar infinidad de riquezas. Y si los arahuacos están en lo cierto… ¡hasta la fuente de la eterna juventud! —responde Juan Ponce de León.

Los aventureros llevan ya unas dos semanas de navegación sin ver tierra desde que abandonaron Guanahaní. De repente, los gritos de «¡Tierra a la vista!» se suceden desde las cofas de las dos carabelas e inmediatamente el alborozo inunda las cubiertas de los tres navíos que conforman la expedición. Ponce de León acaba de llegar a las costas de Florida, en los actuales Estados Unidos de América.

Guanahaní

Dibujo de la isla de Guanahaní, la primera isla en la que desembarcó Cristóbal Colón en su primera expedición. Foto: ASC.

Ponce de León cree que están ante una isla, pero obviamente está equivocado. Exploran durante cerca de una semana el litoral de las nuevas tierras y, finalmente, el 8 de abril de 1513 deciden tomar tierra. Tras desembarcar, Ponce de León reúne a sus capitanes y a parte de la tripulación. Visiblemente emocionado, se dirige a ellos:

—Avistamos estas tierras el día de la Pascua Florida, fiesta de la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, por lo que las bautizo como La Florida.

—Buen nombre, sí señor, dado que además hay abundancia de flores por doquier —cuchichea uno de los marinos allí presentes.

Tras el parlamento, Juan Ponce de León toma posesión formal de La Florida en nombre de la corona española y ordena a sus hombres retornar a las naves. Ya habrá tiempo de explorar por tierra los territorios recién descubiertos, piensa. Lo más importante es reconocer bien toda la línea de costa, localizar puertos naturales que puedan servir de abrigo para futuras expediciones y dar con zonas en las que se puedan establecer futuros asentamientos. Al fin y al cabo, Ponce de León no es solo el descubridor, sino también el adelantado de La Florida, y ya piensa en futuras expediciones de colonización.

Durante los siguientes cuatro meses la expedición de Ponce de León explora buena parte de la península de La Florida y sus miembros tratan, en alguna ocasión, de interactuar con los nativos, aunque en la mayoría de ocasiones los indios responden con violencia.

Timucua

En la imagen, ilustración francesa del pueblo Timucua, nativos del norte central de la Florida. Ponce de León llegó a tierra firme norteamericana el día de la Pascua Florida. Foto: Prisma.

Impaciente por armar expediciones de conquista y colonización y de dar parte al rey Fernando, a finales de julio Ponce de León pone rumbo a La Española, no sin antes ordenar a Antón de Alaminos que permanezca todo el tiempo que le sea posible en la zona, explorando y cartografiando las nuevas tierras a bordo del bergantín San Cristóbal. Alaminos sigue sus órdenes al pie de la letra, tanto que permanecerá cuatro meses más en la zona, explorando con minuciosidad Florida y las Bahamas. De hecho, Alaminos es el primer navegante en descubrir y aprovechar la corriente del Golfo, inaugurando así una ruta marítima que facilitará durante siglos el viaje de regreso a Europa.

Pero volvamos de nuevo a nuestro protagonista. En 1514, Juan Ponce de León se entrevista en España con Fernando el Católico, que le confirma en sus cargos de gobernador y adelantado de Bímini y La Florida. Sin tiempo que perder, Juan se apresura a embarcar de nuevo hacia Puerto Rico. Llega a mediados de julio de 1515, pero la muerte de su esposa y constantes revueltas nativas le impiden armar una nueva expedición hacia La Florida hasta seis años más tarde. Desconoce entonces que La Florida, que hasta entonces había sido su ventura, será también su sepultura.

La Habana, julio de 1521

Juan Ponce de León languidece en su camastro de La Habana. Ha entregado toda su vida a explorar, combatir y colonizar para los reyes de España, y es perfectamente consciente de que se encuentra ante sus últimas horas de vida. Días, acaso.

Echado, rendido, no se queja. Nunca se ha lamentado del dolor, fuera físico o del alma. Ha narrado muchas más veces de las que es capaz de recordar la caída del reino de Granada a quienes han querido escucharle. En Cuba, en España, en Puerto Rico, en La Española, en alta mar, donde fuere. Si la ocasión lo valía, también lo valían los recuerdos de tan alta victoria. Lo que jamás ha explicado, ni siquiera al bueno de su hijo, es que de Boabdil aprendió a mantenerse íntegro, noble ante cualquier circunstancia. El último rey andalusí se mostró caballeroso, respetable y orgulloso incluso hasta en la mañana en que entregó su reino a Fernando e Isabel. Sobre él recaía la responsabilidad de mantener la presencia musulmana en España, tras ocho siglos de historia. No lo consiguió, pero mantuvo su hombría intacta y, con ello, la de todos los andalusíes. Él no ha perdido su reino. Bien al contrario, ha explorado y conquistado innumerables tierras americanas, pero su gran prueba de honor es ante la muerte. Boabdil es su ejemplo.

Los sirvientes entran constantemente a su estancia, en silencio sepulcral, temiendo que ya haya llegado su hora final. Siempre lo encuentran consciente y entero, a pesar de la terrible gangrena que le corroe el muslo desde hace semanas. «Jamás imaginé tal aplomo en un hombre», afirma Andrés López, uno de los sirvientes de los Ponce de León que más le aprecian, al cerrar de nuevo la puerta de la habitación en la que descansa su señor.

Historia general

Retrato de Juan Ponce de León en Historia general de los hechos de los castellanos en las Islas y Tierra Firme del Mar Océano (1601), de Antonio de Herrera y Tordesillas que se encuentra en el Museo Naval de Madrid. Foto: Prisma.

Juan llegó hace doce días de La Florida, malherido y visiblemente abatido. El tiempo, al fin y al cabo, no pasa en balde, y a sus sesenta años ya no tiene ni la fuerza ni la salud de aquel treintañero que combatió en las guerras de Granada.

El 26 de febrero de 1521 partió del puerto de San Germán hacia el norte con dos carabelas, doscientos hombres, cincuenta caballos, decenas de animales de carga y todos los útiles de labranza necesarios para fundar, cerca de la bahía de San Carlos, la primera ciudad de La Florida. El tiempo fue bueno durante la travesía y no tardaron en escoger el lugar idóneo donde asentarse. Recordaba perfectamente por qué ocho años antes, al tomar posesión de aquellas tierras para la Corona española, las había bautizado como Florida. «Poca tierra debe haber más fértil y fermosa», le había dicho a su hijo años atrás.

Ponce de León no tardó en fundar el nuevo asentamiento. Tras retar a los doscientos colonos a que impidieran la fundación de la villa, como era la costumbre en todo nuevo asiento, clavó un gran madero en un terreno baldío. El madero simbolizaba la picota, el lugar en el que se impartiría justicia, el centro neurálgico de la futura plaza mayor. Tras ello, sus soldados le acercaron una cruz de madera, que situó en el lugar en el que se erigiría la iglesia. Luego repartió las parcelas de las futuras viviendas, de forma que cuanto más importante era el colono, más cerca de la plaza situaba su solar.

Las primeras semanas de colonización, Ponce de León no cesó en ordenar breves expediciones en derredor de la nueva fundación, y él mismo se ocupó de establecer buenas relaciones con los indios del lugar, aparentemente amistosos. Al fin y al cabo, los trueques entre españoles e indios fueron habituales desde el primer tiempo de la fundación y el viejo conquistador no parecía estar preocupado por ellos, aunque no todos eran de la misma opinión.

—Los indios de la Florida jamás se separan de sus flechas, señor. Mala señal es esa —le advirtió uno de sus capitanes principales a los pocos días de fundar la villa.

—Roma no se construyó en un día, don Luis. Tiempo habrá de ganar completamente su confianza —le había contestado él.

Juan Ponce de León erró y, a inicios de julio de 1521, a los pocos meses de fundar la villa, un ataque indio diezma dramáticamente a los colonos españoles. Él mismo, herido de una flecha envenenada en el muslo, se debate entre la vida y la muerte y ordena evacuar todo el asentamiento y regresar a La Habana. «Ya habrá tiempo de volver mejor pertrechados y bien advertidos de la naturaleza salvaje de estos indios», se le escucha en aquella ocasión.

Ponce de León lo ha sido todo: conquistador, explorador, colono, gobernador, adelantado… Ahora, siete meses después de su última expedición, exhala su último suspiro, rendido sobre el viejo catre de su casona en La Habana. Muere como él desea: sin un lamento, estoico ante el intenso dolor que le corroe el muslo.

—Maldito flechazo… —balbucea antes de cerrar los ojos por última vez.

Juan Ponce de León muere al atardecer de un día de julio de 1521, pero no así su estirpe: su hijo, Juan González Ponce de León, forma parte de las tropas de Hernán Cortés que, en esos mismos instantes, combaten heroicamente, calle a calle y puerta por puerta, en Tenochtitlán.

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